Hoy en la mañana, no sé a pito de
qué, recordé un incidente de hace unas semanas en un conocido centro nocturno
de Bellavista.
Resulta que hago coros en una
banda de cumbia, por lo que me toca llegar temprano a lugares de juerga, para
armar el escenario, y afinar detalles antes de las tocatas, como a todo el que
se dedica a labores del espectáculo.
En esos ratos eternos en que uno
está allá esperando al sonidista, subiendo cosas al escenario, preguntando dónde
guardar su ropa, etc. etc., hay ocasiones en que se sale del local, y, obvio,
se vuelve a entrar.
En una de esas entradas, ya cerca
de la hora en que el público llega, pusieron a un loco en la puerta, regulando el
ingreso con y sin entrada. En una cola,
entró mi banda (puros hombres), la polola de uno de ellos y yo.
Los hombres pasaron por el
control porteril sin decir agua va, no les dijeron nada y los dejaron
pasar. A la mina que iba delante mío la
detuvieron en la entrada y le preguntaron: ¿Músico?, y ella respondió –no, soy
la polola de uno de ellos-. Le dijeron que no podía pasar sin pagar la
entrada. Luego venía yo, y también me
detuvieron, y me preguntaron: ¿Músico?, y respondí “soy de la banda” (porque no
soy músico…). Recibí una mirada de
desconfianza, pero mi mirada de “si no sacas el brazo que me impide pasar por
la puerta te rompo la cara” pudo más. Entré y olvidé el asunto. Hasta hoy, en que me enchuchó y empecé a
imaginar respuestas posibles al episodio de discriminación que sufrimos.
De una fila de gente de
apariencia similar: todos vestidos informales, con vínculos en común, todos
habíamos estado dentro y fuera del local conversando entre nosotros, idioma
en común, color de piel en común, color de pelo en común, etc. etc. la única variable
que nos distinguía era nuestro sexo. Y
justamente, sólo a las 2 mujeres de la fila nos preguntaron algo, el resto pudo
entrar sin problemas.
Eso es
abiertamente discriminación de género. Sólo
por ser mujer se nos asignó una función dentro del grupo que entraba,
obviamente una función secundaria, dependiente.
El lolo de la puerta supuso que por ser mujeres éramos “la minita de
alguien”. Por ser mujer no teníamos
mérito propio para estar ahí, seguro acompañábamos a nuestro gurú, claro, una mujer
no puede ser “músico”.
En ningún momento, el misógino de
la puerta, pensó en que a lo mejor dejó
pasar al “minito de alguien” sin pagar
entrada. ¿Por qué yo, que soy de la
banda, no puedo tener una pareja que me vaya a ver?.
Esa vez no hubo altercado, ni
palabrotas ni nada. Si las hubiera habido seguramente se me habría tildado de
cuática por hacer atados por wevás. Pero
mientras más le doy vueltas menos wevás me parecen. Nadie te puede detener para restringirte,
preguntarte o controlarte nada por una razón que tenga que ver con tu
aspecto. Justamente esa es la discriminación. Me parece que discursos como que: los “rubios”
son cuicos y tienen plata, así que salta con las moneas. O: aquí no nos gustan los “chicos del colo”
(es más, nos dan miedo) así que como uno de ustedes es rubio seguro no son del
colo, y les puedo decir que no los puedo atender afuera porque terminó el
partido y estos “chicos” pueden venir (nunca más pretendí comer algo en el café
de Lastarria en que me salieron con tamaña barbaridad). O: aquí solo entra gente con estilo y que
haga que este local se vea muy bien, así que ustedes, con zapatillas y mochila deténganse
ahí, porque “no hay más mesas, sí, sí, no hay a pesar de que las veas
desocupadas”.
Todos esos episodios no
corresponden. No deberían suceder. Y van a seguir pasando mientras permitamos
que pasen. Por eso, para la próxima voy
a ser más vivita, y voy a responder como Shakira, cuando no era famosa, y la
detenían en las aduanas de los aeropuertos al ver su pasaporte, y le
preguntaban: ¿colombiana?. También como
ella voy a decir: sí, ¿por qué, algún problema?

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