Helen Mirren
Hace algunos años vi, en la línea de mi frente, como había aparecido una pequeña y blanca cana. Debe haber tenido poco más de un centímetro. Sin dudarlo, tomé unas pinzas y la extirpé.
En ese tiempo estaba pasando por un periodo de mucho estrés, así que lo asocié a eso.
Con el tiempo, la misma cana volvía a salir cada vez que las cosas se ponían tensas. Así pasaron los años, y la relación con mi esporádica y única cana.
Años después, apareció otra, un poco más larga, unos dos centímetros, en medio de mi cabeza. Como ya sabía cómo lidiar con ellas, también la saqué. Igual que con la cana histórica, también era un periodo de estrés, pensé que ya era tanto que recibía estas señales ahora desde otro lugar de mi cabeza.
El horror vino después, cuando vi una larga cana blanca, a sólo unos días de la anterior, adornando el mechón central de mi cabeza, que cae indómito hacia la izquierda.
Ahí pensé morir. Ningún estrés podía impactar tanto. No era estrés, era mi edad. Busqué en mis imágenes mentales las cabezas de mis padres. Pocas canas a pesar de su cercanía con los 70. Ha empezado el proceso en que mi pelo se vuelve blanco.
Le conté a mi pareja de la época. Le dije con orgullo que saqué las tres canas que pillé. Me miró con cara de decepción y me dijo: "¿Por qué? A mí me gustan". Fue entonces cuando por primera vez pensé en que a alguien podrían gustarle las canas. Las mías. Y pensé dejarlas, pero me detuvo la idea de dejarlas sólo por agradar a alguien más.
Esa pareja se fue, y ahora estoy sola con mis canas, y he estado pensando si sacarlas o no.
Decidí dejarlas para ver cómo se ven, para ver si me gustan a mí. Si es así, se quedan. Si no, ya inventaremos algo.

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