jueves, 6 de abril de 2017

Bibliotecas vivas


Ayer mirando el desorden de mis libreros me di cuenta de que ese desorden expresa el movimiento que ocurre alrededor de los libros.  Siempre he querido ordenarlos más, no sólo por temática, me refiero a un orden estético, pero no puedo.  El orden estético no me hace sentido y el uso que se le da a los libros atenta, sistemáticamente, contra la imagen de pulcritud.

Revisando el desorden, los libros que se asoman, los que quedaron encima de los otros, lo que tienen un marca libros indicando una página, me doy cuenta de que todos en esas situaciones me recuerdan para qué los tomé la última vez.  Para buscar un dato, para mostrárselos a alguien, para disfrutar un pasaje.  Esa historia, que queda marcada en el desorden, me gusta.  Me gusta mi historial de relación con los libros.

Antes los atesoraba, los guardaba, los cuidaba, jamás me habría deshecho de alguno de ellos, pero con el tiempo los fui soltando.  He regalado muchos, me alegra que lleguen a manos que les van a dar un uso más frecuente del que yo les doy.  Por supuesto hay algunos que no quiero soltar.  Hay algunos que extraño porque los presté y nunca volvieron.  Hay otros que me generan especial simpatía porque regresaron luego de una temporada en otras manos.

Me gusta mi desorden de libros, porque son libros que se mueven, que habitan mi casa.  ¡No son un adorno! Son parte de la familia y no les gusta estar quietos.  Algunos salen de su repisa y descansan sobre una mesa, sobre un velador, sobre un escritorio.  Algunos se apilan en una interminable lista de prioridades por leer.


Al final todos me acompañan, viven conmigo y yo los dejo desordenarse y ser felices.

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