martes, 3 de octubre de 2017

Esa ternura escondida




Hace algún tiempo, mucho quizás, tengo una concepción de mí en la que soy una mujer fuerte, alejada de los afectos, dura, a veces demasiado dura, racional, seca, un encanto, podrán pensar…

Resulta que, con el paso de los años y las terapias, he ido reconociendo que el contexto es distinto a mi contexto de niña, que ya no necesito estar en guardia porque no hay amenazas reales alrededor.  Esto ha ido bajando mi guardia, he aprendido que las conductas adaptativas desarrolladas en cierta parte de mi vida no son pertinentes a medida que la situación externa va cambiando.  Me he flexibilizado y he reconsiderado la dureza.

Ahora, por ejemplo, puedo responder “gracias” cuando alguien me dice “feliz cumpleaños” y agradezco un buen abrazo, un cariño en la espalda y esas manos energéticas, cargadas de calor que de repente uno se topa por ahí.

Además, me he topado con un par de especímenes masculinos que reaccionaron bien a mis mimos.  Es más, uno me pidió que lo trate con cariño porque era sensible y romántico. 

Debo reconocer que cuando oí eso de romántico pensé en huir o reírme, pero recapacité y acepte la declaración respeto de su autopercepción.

Este hombre romántico me hizo “volverme” mamona, mañosa, regalona, tierna.  No he llegado a ser dócil, no creo que pueda llegar ahí, pero sí he avanzado hacia la expresión del cariño.

Junto con mi sorpresa por descubrir tamaña cantidad de rosado dentro mío fue el descubrir cómo ciertas amigas me confesaron que siempre me encontraron cariñosa, casi tierna, niñita y rosada.

Más allá de si soy rosada o no, me sorprende la distancia entre la autopercepción y la percepción externa.  Me sorprende mi porfía en pensarme de cierta forma, mi insistencia en ser dura, como la niña del chiste, que dice con voz de hombre “quién ta gopando a petaaa”.

Resulta que soy niñita… Y yo que me creía la rubia de locademia de policía.


jueves, 13 de julio de 2017

Confieso que no soy mujer



A propósito del bus de la libertad y el sexo binario basado en un solo indicador quiero contar mi situación.

Hace años fui diagnosticada con una hiperplasia suprarrenal congénita de inicio tardío, o deficiencia de 21-hidroxilasa.  Esto significa que me falta una enzima y esto genera problemas con la producción de cortisol, y de ahí para adelante, hay dramas con el resto de las hormonas.

Noté que había algo raro cuando, durante el mes, me salían pelos en los brazos y dedos y luego se me caían.  Por eso empecé con las consultas al médico.  Me hacían una revisión clínica y no había nada raro, es decir, me veía como una mujer “normal”, pero al hacer análisis de hormonas mi testosterona estaba muy elevada para una mujer.  Cuando me atendí con el médico que me recomendaron como especialista, luego de meses de espera por una hora, por fin me pidió el examen que se requería para zanjar el asunto y hacer un diagnóstico.  A partir de ahí empecé el tratamiento con prendisona, en una dosis diaria muy baja.  En el camino, me depilé con láser: el bigote, la pera, las axilas.  No por un asunto estético sino por las complicaciones que tenía el tratar de depilar con métodos “tradicionales” tal cantidad de pelos.

Mi médico me pidió un estudio genético para ver dónde estaba la razón del problema.  Es un gen recesivo, por lo que para que se active se debe topar con otro gen que lo potencie.  Mis hermanos no tienen el problema que yo tengo, por lo que mi madre debe ser heterocigota compuesta.

Como llevo la “falla genética” no puedo andar por la vida teniendo hijos sin anticiparme a lo que pueda pasar, así que el padre debe hacerse el mismo estudio que yo para saber si lleva una falla que se potencie con la mía.  En caso de que sea así existe la opción de tratar a la madre oralmente durante el embarazo, para evitar que un feto femenino sea expuesto a una lluvia de hormonas masculinas durante la gestación.  Para esto se debe saber si el feto es hombre o mujer mediante una muestra que se toma durante el embarazo.  En la católica, sede de mi médico, no toman ese examen, pues podría afectar la viabilidad del feto.  La opción de ellos es medicar a la madre durante el embarazo sí o sí, hasta que el sexo de la guagua sea visible a través de una ecografía.

Qué consecuencias tiene este asunto para mí: soy más masculina que una mujer promedio: más caliente y más agresiva, lo que se asocia a mi testosterona.  Por ejemplo, mi dedo anular es un poco más largo que el índice.  También podría padecer de alopecia, tal como un pelado viril (con mucha testosterona).

Si mi “enfermedad” no hubiera sido de inicio tardío, y hubiera sido lo suficientemente fuerte para haberse manifestado antes, podría haber desarrollado genitales masculinos y femeninos.  En algunos casos, incluso, la mórula recibe tal enredo hormonal que es incapaz de desarrollarse posibilitando el surgimiento de tejidos específicos, creando malformaciones que hacen inviable al feto.

Me veo como mujer, pero “no lo soy tanto”.  Por mucho tiempo no entendí la suavidad de algunas mujeres, su “debilidad” física.  Desconfié de ellas y de su necesidad de ayuda con “tareas pesadas”. Claro, yo estaba del otro lado, con niveles de energía “impropios” para una mujer.  Con eso a cuestas era difícil comprender “lo sutil y propio de lo femenino”.  
Estereotipos tan marcados sobre cómo debe ser un hombre o una mujer solo me dificultaron sentirme plenamente una, porque estaba lejos del modelo, y lo seguiré estando.  Ahora soy adulta y he podido resolver medianamente mi instalación en el mundo, pero no es posible que se le imponga estos patrones a niñas y niños que están en proceso de desarrollo y de definición identitaria.

El sexo biológico no depende únicamente de mis genitales, ni mis cromosomas, ni mis hormonas.  Es una mezcla de todo eso, y ¡no es binario! Basta de imponernos un ideal de ser sexuado, basta de hacer cargar a los niños con la obligación de ajustarse a un modelo que resulta opresor.


Exijo libertad, como la que pide el bus, pero yo la quiero para que podamos desarrollarnos lo más plenamente posible, reconociendo nuestras diferencias y construyendo desde las riquezas que diferencias producen.

martes, 9 de mayo de 2017

Un cuerpo de alto calibre

Miss Miranda

Ella habitaba su cuerpo como quien carga un arma.

Se movía a veces suave, a veces rápido.  Su cuerpo no era un arma de tortura, no era un arma violenta, era de otro tipo, más sutil, menos agresiva, aunque igual de avasalladora.

Era un arma, y ella sabía cómo usarla.  A veces era una mirada, a veces un par de movimientos.  Bastaba poco para que ellos cayeran rendidos.  Daba siempre en el blanco, era muy efectiva.

Verla moverse me hizo pensar en que siempre habité mi cuerpo como otro tipo de arma, una de resistencia, de rebelión, de desacuerdo.  Un arma violenta, un arma de defensa.  Un gran muro, impenetrable.

Nunca supe usar mi cuerpo de otra forma, siempre tuve la sensación de que todos fueron a la clase en que explicaron las instrucciones y no me avisaron.  Sobre todo me pasaba eso con otras mujeres, las veía conversar entre ellas y sentía que hablaban de algo que yo no sabía.  Manejaban una especie de secreto a voces que era sólo de ellas, todas lo conocían, menos yo.

Ante eso no me quedó más que desacreditar esa información, ese saber esquivo, así que me construí un mundo en que coquetear estaba fuera de las reglas, era “hacer trampa”.
¿Para qué abusar de un pobre hombre que no puede resistirse a los encantos de una mujer bien plantada? Eso es para mujeres sin cerebro.  Las que tenemos cerebro argumentamos para llegar a acuerdos, no pedimos ayuda porque nuestro cerebro nos permite resolver todo solas, no nos arreglamos mucho porque podríamos desviar la atención de nuestra inteligencia, no necesitamos cariño ni contacto físico porque estamos ocupadas pensando.

Ver a esta mujer moverse, sumado a un nuevo desafío, esta vez corporal, me hizo notar mi inmenso temor a habitar mi cuerpo como esa otra arma, esa seductora, suave, melosa a veces, a veces agresiva.  Temo no saber qué hacer con todo eso.  Temo no medir las consecuencias.  Temo dejarme llevar. Temo perder el control.

¿Qué pasa si esa nueva arma se dispara? ¿Si dejo de ser clever y empiezo a parecer linda? ¿Qué pasa si dejo de “jugar limpio” con los hombres y veo qué les pasa frente a esta otra yo? ¿Quién es esa otra yo? ¿Cómo es? ¿Y si de entrada me seduce a mí y me quedo con ella?


Creo que voy a tener que empezar a portar otro tipo de armas.

jueves, 6 de abril de 2017

Bibliotecas vivas


Ayer mirando el desorden de mis libreros me di cuenta de que ese desorden expresa el movimiento que ocurre alrededor de los libros.  Siempre he querido ordenarlos más, no sólo por temática, me refiero a un orden estético, pero no puedo.  El orden estético no me hace sentido y el uso que se le da a los libros atenta, sistemáticamente, contra la imagen de pulcritud.

Revisando el desorden, los libros que se asoman, los que quedaron encima de los otros, lo que tienen un marca libros indicando una página, me doy cuenta de que todos en esas situaciones me recuerdan para qué los tomé la última vez.  Para buscar un dato, para mostrárselos a alguien, para disfrutar un pasaje.  Esa historia, que queda marcada en el desorden, me gusta.  Me gusta mi historial de relación con los libros.

Antes los atesoraba, los guardaba, los cuidaba, jamás me habría deshecho de alguno de ellos, pero con el tiempo los fui soltando.  He regalado muchos, me alegra que lleguen a manos que les van a dar un uso más frecuente del que yo les doy.  Por supuesto hay algunos que no quiero soltar.  Hay algunos que extraño porque los presté y nunca volvieron.  Hay otros que me generan especial simpatía porque regresaron luego de una temporada en otras manos.

Me gusta mi desorden de libros, porque son libros que se mueven, que habitan mi casa.  ¡No son un adorno! Son parte de la familia y no les gusta estar quietos.  Algunos salen de su repisa y descansan sobre una mesa, sobre un velador, sobre un escritorio.  Algunos se apilan en una interminable lista de prioridades por leer.


Al final todos me acompañan, viven conmigo y yo los dejo desordenarse y ser felices.

miércoles, 29 de marzo de 2017

¡La mina fome!





Estos días de enfermedad, en que no he podido hacer mucho más que reposar y darle tiempo a mi cuerpo para que se recupere, he podido pensar y poner atención a algunas cosas que quieren salir.


Me di cuenta de que en algún lugar tenía instalada la idea de que soy súper fome, por lo que tengo que hacer esfuerzos para ser empática, poner atención, responder cosas amables, etc.  Esta es una creencia en relación a mi vínculo con todo el mundo.  Siento que en un nivel inconsciente siempre tengo que estar tramando cómo establecer una relación, porque si no lo intencionara mis redes se restringirían a un par de personas.  En ese marco, la idea o la concreción de una pareja siempre pasa por un intento de agradar al otro, de ser amable, atenta a sus necesidades, anticipadora, incluso, de lo que el otro quiere.


Muchos pensarán que soy bastante ineficaz puesto que a pesar del esfuerzo sigo siendo súper parca y pesá.  Créanme que me cuesta, que de verdad me esfuerzo.  No lo noto en el momento, me sale no más, pero implica un desgaste y un cansancio que veo luego de las situaciones de encuentro con los demás.


Un caso especial es el desarrollo de trabajo de campo cualitativo.  Hacer entrevistas me agota, requiero de mucho esfuerzo para mostrar una actitud de escucha hacia el otro de modo que sólo conduciéndolo me pueda contar aquello que yo quiero saber.  Funciona, pero es agotador.


Hoy día pienso en que igual es valorable el esfuerzo, podría no hacerlo y ya.  Pero lo intento, no tengo drama con eso.


Lo que sí me complica es la creencia que está a la base de toda esta performance, la creencia de que soy fome, que no podría agradar a nadie de manera natural sólo comportándome como lo haría si estuviera sola.  En ese sentido, siempre he creído que tengo que hacer un esfuerzo especial en agradar a mis parejas, porque, si no fuera así, ¿qué razón tendrían para estar conmigo?


Reviso el discurso en mi cabeza y me doy cuenta de lo dañino que es.  No sé cómo lo construí, debe ser por los años que pasé obligada a no moverme mucho, a pasar piola, lo mas piola posible, porque si me notaba, molestaba.


Seguro ha sido eso, y a pesar del tiempo que ha pasado y el despliegue de mi propio ser que se ha ido desarrollando sigo creyendo que soy fome y molesta, y que por tanto debo hacer enormes esfuerzos para resultar agradable.


Hoy ya no quiero más esa creencia, no puedo ser tan pior.  Quiero empezar a pensar que alguien si puede querer estar cerca mío sólo por ser como soy. Cuídense, vamos a ver qué resulta.