sábado, 4 de abril de 2020

En cuarentena



El 16 de marzo fui a trabajar y me mandaron para la casa al medio día. Aquí estoy. Salgo una vez al día, por media hora, a pasear a la Dalia. Jugamos a la pelota en la plaza y nos devolvemos. 
Además de eso, salgo a comprar comida, he salido 2 veces.

Tengo la suerte de poder trabajar desde mi casa, me traje el compu de la pega y tengo un servicio de internet que me permite hacer mis labores sin problemas.

No tengo hijos, tengo, en cambio, 1 perra y 2 gatos.


Me junto con mis amigos de manera virtual y me mantengo en contacto con mi familia de manera permanente.


No se me va la vida por estar encerrada. Me hace falta sol y aire, eso seguro, pero tengo una terraza que me permite sentirme "afuera".

En mi edificio nos repartimos las labores cotidianas: sacar la basura, limpiar, regar.
La persona que viene una vez a la semana a ayudarme con el aseo ya no viene. De todos modos le pago como si viniera. Lo mismo pasa con la persona que hace el aseo del edificio.

De lunes a viernes, me levanto a la misma hora de siempre, trabajo en horario de oficina y almuerzo a la misma hora en que lo hago cuando trabajo desde la oficina.

Muchas veces me dan ganas de no tener que trabajar, me dan ganas de tener todo el tiempo para hacer otras cosas: limpiar, ordenar, leer, lo que fuere. No lo tengo. Aún así hago cosas paralelas que me resultan interesantes: meditar, leer algunos textos interesantes.


Miro para atrás y me parece que ha pasado tanto tiempo. No sé hasta cuando voy a estar aquí, supongo que harto tiempo más. Además, me doy cuenta de lo afortunada que soy, tengo trabajo, tengo un lugar donde pasar los días, tengo comida, una red de apoyo que es amplia y disponible. Contención, cariño, entretención.


Hay tantísima gente que no tiene nada de eso. Nada. Luego siguen los que tienen algunas de esas cosas y por supuesto hay otros que tienen mucho más.


Nos ha hecho tanta falta respirar, sólo eso, parar a respirar. Mirar hacia adentro. He leído harto sobre despertares de conciencias, desarrollo personal y similares, y hoy pienso que eso es poco. Por supuesto cualquier cambio debe venir desde uno, pero creo que es un momento para pensar también en el resto, para ensayar un poco de empatía.


Temo que el discurso del desarrollo interno nos puede llevar a un egoísmo nuevo, más conectado con lo que queremos, sí, más ligado a las cosas simples, sí, pero siempre dentro de la concepción individualista de la felicidad.


Creo que tenemos que ir más allá. Tenemos que parar a respirar para poder mirar al resto con calma, y preguntarnos por qué nosotros mereceríamos más que ellos.


Tenemos que parar a respirar para descubrir cómo podemos compartir lo que tenemos, que no es el resultado exclusivo de nuestro esfuerzo personal, sino que es el resultado del lugar que ocupamos frente a la estructura de oportunidades que nos brinda esta sociedad.


No merecemos más que otros, merecemos lo mismo, pero de tal calidad que nos permita construir nuestros caminos individuales.


Merecemos un mejor país, pero eso no se compra en ninguna parte, eso tenemos que construirlo.

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