sábado, 23 de noviembre de 2019

Ellos lo sabían

Foto: Pepe Valdivia


Llevo más de un año escuchando a Marmotas en el bar. Al principio, junto con darme risa sus temas en algunas partes, los encontraba violentos. No les gustaba nada. Ni Pin8, ni la soa Bachelé, ni Allende…. Qué quieren estos wns entonces, pensaba, si no hay nada más que ofrecer…

Y quedó la cagá, completa, o  no sé que tanto (ya aprendí que las cosas siempre pueden estar peor), pero quedó, del porte que fuera, para todos, al menos, quedó un poco grande de cagá.

Y nos fuimos a la mierda, literalmente, hasta nos quedamos sin retiro de basura. Y puteamos, a todos, partiendo por Piñera ql. Y salió la Federación de Recolectores de Basura con sus demandas a refregarnos en la cara lo básico de lo que pedían, y a hacernos evidente que no sabíamos de qué chucha se estaba hablando cuando en Map City decía Plaza de la Dignidad.

Ahí caché que bien merecidas tenía las puteadas que indirectamente me hacían los Marmotas, por heteronormada, por burguesa, por desclasada y por aweoná. Porque me demoré un año y una revolución en cachar a qué se referían con sus canciones.

Con eso en mente ahora, sólo pienso en cómo ayudar a que los demás entiendan, y lo único cuerdo que se me ocurre es poner un disco de ellos a todo chancho, pero sé que ese no es el camino, es un disco “difícil”.

Respiro y me doy cuenta de que el mundo que hemos obligado a vivir a más del 80% de la población es aún más difícil, y me siento una mina culiá cantando Mazapán en la protesta. 

No quiero ser esa, pero me da miedo dejar todo botado y saltar a la primera línea y exponerme, y “no cuidar la propia vida” como me dijeron una vez, porque ¿qué sentido tiene la propia vida si te enseñaron que no puedes ser más que carne de cañón?

Y ahí se me prende la ampolleta y digo: ¿cómo podemos asegurar que los que vienen no se sientan como pura carne de cañón, que cachen, por supuesto, que hay más?

Hay tanto  más dentro de sus corazones, de sus cuerpos, de sus mentes, de sus sueños. Tanto más que ni siquiera puedo imaginar lo que se viene.

martes, 4 de junio de 2019

Y resulta que me quiero




Siempre tuve una percepción extraña de mi cuerpo.  Siempre, además pensé que mi presencia molestaba.  Eso me llevó a tomar una serie de decisiones que me mantuvieran en el anonimato: usar talla 42 cuando era talla 36, comprarme solo zapatos cuyas suelas no sonaran en el piso, caminar sin taquear ni hacer ruido, evitar adornos en el pelo como cintillos y pinches, porque me quedaban “muy llamativos”.  Además, tenía requerimientos de otras personas, adultos familiares y amigos míos, que me pedían vestirme “de otra forma”.  Lo esperado era una especie de modelo de catálogo de Falabella o algún referente más ondero y chic.

En esa búsqueda de los demás por hacerse cargo de mi aspecto una amiga una vez me invitó por ahí a tomar una “diet coke” (eran los noventa) pero antes me ofreció cambiarme ropa y ponerme algo suyo.  Yo accedí y empezó la prueba de ropa.  En ese proceso ella notó que yo usaba 3 tallas más que la mía, y yo pude ver, frente al espejo que eso era así.
Desde esa fecha al día de hoy ha pasado harta agua bajo el puente: años de mucho ejercicio físico y luego años de pasar la noche completa trabajando frente al compu y comiendo pizza en la oficina.  Así las cosas, del gimnasio no se supo nunca más y subí 25 kilos.

Todo este tiempo de gordura me ha impedido reconocerme como yo debajo de toda la grasa, lo que no ha tenido el esperable correlato en alimentación sana y fin del sedentarismo.  A pesar de eso, aprendí algunas cosas básicas que me han mantenido de pie (respeto de este tema): 1- si no le gusta lo que ve, mire para otro lado; 2- aunque esté gorda igual estoy rica.

Hasta ahí todo bien, en su devenir habitual, hasta mi curso de Rocklesque: tres meses de entrenamiento frente a un gran espejo y frente a 9 mujeres en distintos colores, formas y tamaños que estaban, igual que yo, aprendiendo a mirarse y a mirar a las demás.
Más allá de la coreografía, de la música, de la ropa, me parece que lo importante del proceso fue el escoger.  Escoger la música, la ropa, la coreo… para mí.  Todo al servicio de lo que yo quiero mostrar, de cómo me quiero ver, de cómo quiero que me vean.
Me bajé, como nunca, de un escenario con la sensación de la tarea hecha, todo listo, sin deudas con nadie, fue lo que fue y me gustó. Me gusté.  Eso es, me gusté creo que por primera vez. Yo. Toda. Completa.

Pasar por eso, por gustarse luego de un show no es cosa del show, es cosa de todo el proceso previo, del acompañamiento, de los microcambios, de la responsabilidad individual y compartida. Compartida por esas otras mujeres por las que tienes que aperrar también, para que el conjunto sea una buena performance.  Influye por supuesto la profe que te guía, pero también quienes te reciben, con cariño, semanalmente en el bar de siempre luego de las clases (y más encima te van a ver al show).  Influyen también los amigos gritones instalados en el público, la gente que te da ideas, los que te desean que te vaya bien, las amigas que se interesan en hacer el curso, las que te preguntan cómo te fue y los que no pueden ir a verte porque no tienen cómo decirle a la polola que van a ver cómo una amiga se empelota en público.

Todo eso junto me ha hecho hacer una especie de up grade de mi autoestima.  Creo que por fin ya no soy un cerebro habitando un pedazo de carne prescindible y soy más bien un ser humano que desde que nace es al mismo tiempo mente y cuerpo.  Mi cuerpo no es un vehículo, soy yo, y parece que hoy me quiero más que ayer, y estoy segura de que me querré más mañana.

domingo, 17 de marzo de 2019

Incorrecta




Hoy vi el stand up Nanette, en Netfilx, recomendado por un amigo.  Es, definitivamente, una pieza digna de recomendar.  Recorre varias temáticas que sacan ronchas: homosexualidad, salud mental, diferencias hombre – mujer.

No pretendo hacer una descripción de la rutina, le dejo a cada uno la tarea de verlo directamente (nadie lo dice mejor que el autor).  Lo que yo quiero es detenerme en una de sus reflexiones: el ser o sentirse “incorrecta”.

Con esto no me refiero, ni yo ni ella, a serlo en ocasiones, así como un enfant terrible, sino a serlo permanentemente.  Lo que significa que tu propia existencia es un error, es decir, sería mejor que no existieras.

Me he topado conmigo sintiéndome así y con varios otros habitando la misma sensación.  Callados hace unos años, y reconociendo la situación desde hace otros tantos.  No sé si esto se debe al avance de la sociedad en su capacidad de abordar ciertos temas o a la propia madurez respecto del proceso.

La cuestión es que sentirse incorrecta es una sensación tan básica, tan anclada en la opinión sobre el propio ser que no hay mucha escapatoria, no es algo debatible, no se me/te puede convencer argumentativamente que no lo eres porque mi/tu experiencia vital está anclada en esa “incorrectitud”.

Esta sensación primaria se expresa en distintos momentos, y generalmente, si es que no todas las veces tiene que ver con un otro que, queriéndolo o no, te lo hace notar: una mirada, un silencio, un comentario.  Lo que une a estas expresiones de los otros es la desaprobación: una mirada inquisidora, un silencio desagradable, un comentario sarcástico.  En todos los casos “alguien” te hace notar que estás mal, que acabas de hacer algo tan inesperado como reprobable.

Esto en sí no tiene nada de “malo”, ante un hecho desagradable uno puede manifestar su molestia, poner mala cara ante los insistentes pitidos de bocina de algún automovilista apurado, por ejemplo. El problema se presenta cuando la existencia del otro resulta desagradable y esa expresión de desaprobación “se te sale” o la dejas salir intencionalmente, porque el otro la recibe y no puede hacer nada con ella, a diferencia del tipo de la bocina, que sólo necesita dejar de tocarla para volver a ser “civilizado” y encajar.  
El incorrecto completo tendría que dejar de ser quien es para dejar de ser incorrecto.

Así, ser negro, gay, migrante, flaite, etc. etc. son “errores” que las personas cometen que las hacen indeseables, porque no encajan en lo que la sociedad espera de ellos. El problema es que para dejar de ser un error habría que dejar de existir.

Además debemos considerar a quienes son/somos incorrectos a intervalos bastante regulares, es decir, no podemos ser considerados “Incorrectos totales” pero estamos cerca de serlo. Esto por la dificultad de dejar las conductas incorrectas que nos caracterizan ya que son una parte tan fundamental de nuestro modo de ser que modificarlas sería empezar a ser otra persona.

Si lo pensamos bien, todos tenemos algo de incorrectos, y nos sentimos mal por cómo esas particularidades son recibidas: como una molestia.  La cuestión es que si somos muchos los que nos hemos sentido así, ¿por qué se mantiene la exigencia de “encajar” en un patrón que no tiene pieza que encaje bien?  Sabemos que las reglas de lo permitido son estrechas e injustas con nuestras propias características, pero las seguimos usando, como si tuviéramos malo el botón “aprender”.  Insistir en un deber ser inalcanzable nos pone en un mal pie ante la vida: nunca vamos a encajar y muchos no queremos hacerlo.  No queremos porque nos dimos cuenta de que tenemos una sola vida, y queremos aprovecharla, expandir nuestras capacidades, cumplir nuestros deseos, satisfacer nuestras necesidades y eso requiere de mucha libertad de actuación.

Dejémonos en paz, no pongamos el ojo en el otro para relevar lo que es distinto como una afrenta a mi “normalidad”.  Señora, señor, usted es tan desagradable, a veces, para los demás como todos lo somos, entonces cortémosla con la mirada desaprobatoria y el comentario wevón medio para el lado.  Todo eso es innecesario.  Lo que sí es necesario es cuidar los espacios que nos permiten expandir nuestro propio ser, nuestra propia consciencia de nosotros mismos y de los demás.  Si empatizamos con los otros, si lo hacemos realmente, el molde auto y socialmente impuesto deja de tener cabida, se cae solo.  Reemplacemos la crítica descarnada por la amabilidad.  Les aseguro que todo podría ser mejor.