Hoy vi el stand up Nanette, en Netfilx, recomendado por un
amigo. Es, definitivamente, una pieza
digna de recomendar. Recorre varias temáticas
que sacan ronchas: homosexualidad, salud mental, diferencias hombre – mujer.
No pretendo hacer una descripción de la rutina, le dejo a
cada uno la tarea de verlo directamente (nadie lo dice mejor que el
autor). Lo que yo quiero es detenerme en
una de sus reflexiones: el ser o sentirse “incorrecta”.
Con esto no me refiero, ni yo ni ella, a serlo en ocasiones,
así como un enfant terrible, sino a
serlo permanentemente. Lo que significa
que tu propia existencia es un error, es decir, sería mejor que no existieras.
Me he topado conmigo sintiéndome así y con varios otros
habitando la misma sensación. Callados hace
unos años, y reconociendo la situación desde hace otros tantos. No sé si esto se debe al avance de la
sociedad en su capacidad de abordar ciertos temas o a la propia madurez
respecto del proceso.
La cuestión es que sentirse incorrecta es una sensación tan
básica, tan anclada en la opinión sobre el propio ser que no hay mucha
escapatoria, no es algo debatible, no se me/te puede convencer
argumentativamente que no lo eres porque mi/tu experiencia vital está anclada
en esa “incorrectitud”.
Esta sensación primaria se expresa en distintos momentos, y
generalmente, si es que no todas las veces tiene que ver con un otro que,
queriéndolo o no, te lo hace notar: una mirada, un silencio, un
comentario. Lo que une a estas
expresiones de los otros es la desaprobación: una mirada inquisidora, un
silencio desagradable, un comentario sarcástico. En todos los casos “alguien” te hace notar
que estás mal, que acabas de hacer algo tan inesperado como reprobable.
Esto en sí no tiene nada de “malo”, ante un hecho
desagradable uno puede manifestar su molestia, poner mala cara ante los
insistentes pitidos de bocina de algún automovilista apurado, por ejemplo. El
problema se presenta cuando la existencia del otro resulta desagradable y esa
expresión de desaprobación “se te sale” o la dejas salir intencionalmente,
porque el otro la recibe y no puede hacer nada con ella, a diferencia del tipo
de la bocina, que sólo necesita dejar de tocarla para volver a ser “civilizado”
y encajar.
El incorrecto completo
tendría que dejar de ser quien es para dejar de ser incorrecto.
Así, ser negro, gay, migrante, flaite, etc. etc. son “errores”
que las personas cometen que las hacen indeseables, porque no encajan en lo que
la sociedad espera de ellos. El problema es que para dejar de ser un error
habría que dejar de existir.
Además debemos considerar a quienes son/somos incorrectos a
intervalos bastante regulares, es decir, no podemos ser considerados “Incorrectos
totales” pero estamos cerca de serlo. Esto por la dificultad de dejar las
conductas incorrectas que nos caracterizan ya que son una parte tan fundamental
de nuestro modo de ser que modificarlas sería empezar a ser otra persona.
Si lo pensamos bien, todos tenemos algo de incorrectos, y
nos sentimos mal por cómo esas particularidades son recibidas: como una
molestia. La cuestión es que si somos
muchos los que nos hemos sentido así, ¿por qué se mantiene la exigencia de “encajar”
en un patrón que no tiene pieza que encaje bien? Sabemos que las reglas de lo permitido son
estrechas e injustas con nuestras propias características, pero las seguimos
usando, como si tuviéramos malo el botón “aprender”. Insistir en un deber ser inalcanzable nos pone
en un mal pie ante la vida: nunca vamos a encajar y muchos no queremos
hacerlo. No queremos porque nos dimos
cuenta de que tenemos una sola vida, y queremos aprovecharla, expandir nuestras
capacidades, cumplir nuestros deseos, satisfacer nuestras necesidades y eso
requiere de mucha libertad de actuación.
Dejémonos en paz, no pongamos el ojo en el otro para relevar
lo que es distinto como una afrenta a mi “normalidad”. Señora, señor, usted es tan desagradable, a
veces, para los demás como todos lo somos, entonces cortémosla con la mirada
desaprobatoria y el comentario wevón medio para el lado. Todo eso es innecesario. Lo que sí es necesario es cuidar los espacios
que nos permiten expandir nuestro propio ser, nuestra propia consciencia de
nosotros mismos y de los demás. Si
empatizamos con los otros, si lo hacemos realmente, el molde auto y socialmente
impuesto deja de tener cabida, se cae solo.
Reemplacemos la crítica descarnada por la amabilidad. Les aseguro que todo podría ser mejor.