Ayer mirando el desorden de mis libreros me di cuenta de que
ese desorden expresa el movimiento que ocurre alrededor de los libros. Siempre he querido ordenarlos más, no sólo por
temática, me refiero a un orden estético, pero no puedo. El orden estético no me hace sentido y el uso
que se le da a los libros atenta, sistemáticamente, contra la imagen de
pulcritud.
Revisando el desorden, los libros que se asoman, los que
quedaron encima de los otros, lo que tienen un marca libros indicando una
página, me doy cuenta de que todos en esas situaciones me recuerdan para qué
los tomé la última vez. Para buscar un
dato, para mostrárselos a alguien, para disfrutar un pasaje. Esa historia, que queda marcada en el
desorden, me gusta. Me gusta mi
historial de relación con los libros.
Antes los atesoraba, los guardaba, los cuidaba, jamás me
habría deshecho de alguno de ellos, pero con el tiempo los fui soltando. He regalado muchos, me alegra que lleguen a
manos que les van a dar un uso más frecuente del que yo les doy. Por supuesto hay algunos que no quiero
soltar. Hay algunos que extraño porque
los presté y nunca volvieron. Hay otros
que me generan especial simpatía porque regresaron luego de una temporada en
otras manos.
Me gusta mi desorden de libros, porque son libros que se
mueven, que habitan mi casa. ¡No son un
adorno! Son parte de la familia y no les gusta estar quietos. Algunos salen de su repisa y descansan sobre una
mesa, sobre un velador, sobre un escritorio.
Algunos se apilan en una interminable lista de prioridades por leer.
Al final todos me acompañan, viven conmigo y yo los dejo
desordenarse y ser felices.
