jueves, 12 de junio de 2014

¿Qué va a querer?





Ayer tuve sesión con mi psicólogo, y no se le ocurrió nada mejor que preguntarme qué quiero.  Me dijo: no sé, en 5, 10, 20 años más, ¿qué quieres hacer?

Mi respuesta fue que no sé, porque no hago planes.  Comprar un pasaje para ir de vacaciones es una apuesta que casi nunca hago, siempre compro un poco antes de subirme al avión, y si es en bus, sólo al acercarme al móvil antes de partir.

No sé qué voy a hacer mañana y qué voy a querer mañana.  Ese siempre fue mi razonamiento.  Pero la obligatoriedad de la pregunta me hizo darle un par de vueltas al asunto, y me di cuenta de que no sé, porque no me parece relevante saberlo.

“¿Qué quiero?” me parece una pregunta de cuicos, es como una bofetada para el que vive al día.  No sé lo que quiero porque es mejor no saberlo.  Siempre me arreglo con lo que hay, con lo que viene dado.  No tengo la capacidad de soñar más allá de mi entorno cercano.  Si me aprietan un poco más hasta puedo afirmar que con lo que tengo ya debería darme por pagada.  Vengo de una población de Renca.  Con padres educados pero de entornos pobres, con ethos de pobre.  Donde la valoración del esfuerzo y no del resultado es lo que te permite no frustrarte.  Esa es lógica de pobre, de “pa’ qué poner el foco en las ganancias, si lo más probable es que no haya ninguna, mejor contentarse con que dejamos todo en la cancha”.  Si uno lo piensa tiene mucho sentido, te permite vivir feliz.

Mientras defiendo en mi cabeza mis estructuras mentales, me pregunto también por mi estrechez.  Por mi no capacidad de agencia.  Por mi contento con lo que se dé de mi deriva estructural.  Pienso en una clase de historia en el colegio, cuando una profesora nos habló de Grecia como cuna de la civilización occidental y de la importancia de vivir en Laconia y tener solo el mar como horizonte.  Debemos estar cagados por vivir en un valle y tener de horizonte solo muros de roca.  Me siento como criada en una caja.  Sin la posibilidad de creer en mi capacidad de dirigir mi futuro.  No le puedo echar la culpa a la cordillera, sino a todos los factores geográficos, económicos, políticos y sociales que me han hecho una mujer chata.  Sí, chata, que no puede imaginarse más allá del pedacito de tierra que la soporta.

¿Qué nos hace creer en nuestra posibilidad de construir nuestra existencia? ¿Qué nos impulsa a intentarlo, fracasar y volver a intentarlo?  No como un modo esforzado de vida, sino de manera natural, como parte de una estructura instalada.

Me acordé de un episodio en la cola del casino de la U.  Una estudiante, con su vale de colación de estudiante se enfrentó a la tía de las ensaladas que le preguntó qué ensalada quería, y ella contestó: ¿tengo derecho a tomate?.  ¿Por qué partimos de la negación?, del “no se va a poderse na”.

Y si resulta que puedo decidir qué quiero hacer y encadenar acciones asociadas a ese fin, ¿por qué no intentarlo?

Pero, ¿qué quiero?

viernes, 6 de junio de 2014

Aplicaciones lógicas de las indicaciones en los productos




En esta entrada voy a plantear dos ejemplos de lo que sucede cuando uno lee indicaciones en el envase de un producto y empieza a sacar conclusiones desde ahí, aplicando lo que llamo la “ilusión de la razón”, fenómeno que esconde mañosamente información relevante y asume como ciertos algunos planteamientos sin necesidad de evidencias.

Esta ilusión de la razón, sin embargo, tiene cosas buenas: permite definir cursos de acción y/o explicar resultados que se repiten de forma sistemática.

Caso uno: Durante un almuerzo con una amiga estuvimos conversando sobre la coca cola diet, la anterior a la light, que tenía “menos de una caloría” por lata.
Si cada lata tiene menos de una caloría es porque tiene más de cero y menos de una.  Suponiendo, por ejemplo, que cada lata tiene 0,5 calorías, en una lata tendríamos una caloría.

Bajo la misma lógica, entonces, podemos afirmar que en muchos litros de coca cola diet hay varias calorías dando vuelta.  Ahora, si agregamos la siguiente pregunta ¿las calorías se aconchan? y como no sabemos la respuesta decimos: a lo mejor, podemos desarrollar una línea argumentativa más profunda.

Si en un estanque de muchos miles de litros de diet coke las calorías se van al fondo y salen en la primera tirada de latas cuando parte el proceso de envasado es probable que las latas rellenas con coca cola “de arriba” no tengan calorías, las “del medio” tengan menos de una y las “de abajo” tengan más de una.

Si a eso se agrega la cercanía de ciertas personas con la Ley de Murphy es probable que a algunos le toquen siempre las latas de diet coke con hartas calorías y a otros siempre les salgan sin calorías.  O sea, hay gente a la que siempre “le toca la caloría de la coca cola”.

Razonamiento final: por eso no adelgazo.

Caso 2: No veo Friends, pero me hablaron sobre un capítulo que puede servir para ilustrar el punto que quiero tocar: el capítulo en que Ross se entera del embarazo de Rachel y de la efectividad de los condones.



Ross, sin verlo venir, se da cuenta de que los condones tienen una efectividad del 97%, cuestión que estaba advertida en la caja y que él nunca había visto.
Esto significa, que del total de casos de contacto sexual “completo”, en un porcentaje reducido de las ocasiones (3%) hay riesgo de embarazo.  Dicho de otro modo, y aquí empieza la lógica mañosa: de cada 100 cachas, 3 son riesgosas.

Pero, esas tres ¿se reparten de manera sistemática, aleatoria o se aglutinan en “rachas”?.  Si asumimos que vienen en rachas podemos diseñar una estrategia para protegernos esas ocasiones de sexo riesgoso.

Razonamiento final: Si queremos evitar un embarazo debemos tirar 97 veces y saltarnos las 3 siguientes, y así de manera sucesiva.

Cuéntenme cómo les va con la dieta y los embarazos.