Ayer tuve sesión con mi psicólogo, y no se le ocurrió nada
mejor que preguntarme qué quiero. Me
dijo: no sé, en 5, 10, 20 años más, ¿qué quieres hacer?
Mi respuesta fue que no sé, porque no hago planes. Comprar un pasaje para ir de vacaciones es
una apuesta que casi nunca hago, siempre compro un poco antes de subirme al
avión, y si es en bus, sólo al acercarme al móvil antes de partir.
No sé qué voy a hacer mañana y qué voy a querer mañana. Ese siempre fue mi razonamiento. Pero la obligatoriedad de la pregunta me hizo
darle un par de vueltas al asunto, y me di cuenta de que no sé, porque no me
parece relevante saberlo.
“¿Qué quiero?”
me parece una pregunta de cuicos, es como una bofetada para el que vive al
día. No sé lo que quiero porque es mejor
no saberlo. Siempre me arreglo con lo
que hay, con lo que viene dado. No tengo
la capacidad de soñar más allá de mi entorno cercano. Si me aprietan un poco más hasta puedo
afirmar que con lo que tengo ya debería darme por pagada. Vengo de una población de Renca. Con padres educados pero de entornos pobres,
con ethos de pobre. Donde la valoración
del esfuerzo y no del resultado es lo que te permite no frustrarte. Esa es lógica de pobre, de “pa’ qué
poner el foco en las ganancias, si lo más probable es que no haya ninguna,
mejor contentarse con que dejamos todo en la cancha”. Si uno lo piensa tiene mucho sentido, te
permite vivir feliz.
Mientras defiendo en mi cabeza mis estructuras mentales, me
pregunto también por mi estrechez. Por
mi no capacidad de agencia. Por mi
contento con lo que se dé de mi deriva estructural. Pienso en una clase de historia en el
colegio, cuando una profesora nos habló de Grecia como cuna de la civilización
occidental y de la importancia de vivir en Laconia y tener solo el mar como
horizonte. Debemos estar cagados por
vivir en un valle y tener de horizonte solo muros de roca. Me siento como criada en una caja. Sin la posibilidad de creer en mi capacidad
de dirigir mi futuro. No le puedo echar
la culpa a la cordillera, sino a todos los factores geográficos, económicos,
políticos y sociales que me han hecho una mujer chata. Sí, chata, que no puede imaginarse más allá
del pedacito de tierra que la soporta.
¿Qué nos hace creer en nuestra posibilidad de construir
nuestra existencia? ¿Qué nos impulsa a intentarlo, fracasar y volver a
intentarlo? No como un modo esforzado de
vida, sino de manera natural, como parte de una estructura instalada.
Me acordé de un episodio en la cola del casino de la U. Una estudiante, con su vale de colación de
estudiante se enfrentó a la tía de las ensaladas que le preguntó qué ensalada
quería, y ella contestó: ¿tengo derecho a tomate?. ¿Por qué partimos de la negación?, del “no se
va a poderse na”.
Y si resulta que puedo decidir qué quiero hacer y encadenar
acciones asociadas a ese fin, ¿por qué no intentarlo?
Pero, ¿qué quiero?

