Foto: Pepe Valdivia
Llevo más de un año escuchando a Marmotas en el bar. Al
principio, junto con darme risa sus temas en algunas partes, los encontraba
violentos. No les gustaba nada. Ni Pin8, ni la soa Bachelé, ni Allende…. Qué
quieren estos wns entonces, pensaba, si no hay nada más que ofrecer…
Y quedó la cagá, completa, o
no sé que tanto (ya aprendí que las cosas siempre pueden estar peor), pero
quedó, del porte que fuera, para todos, al menos, quedó un poco grande de cagá.
Y nos fuimos a la mierda, literalmente, hasta nos quedamos
sin retiro de basura. Y puteamos, a todos, partiendo por Piñera ql. Y salió la Federación de Recolectores de Basura con sus
demandas a refregarnos en la cara lo básico de lo que pedían, y a hacernos
evidente que no sabíamos de qué chucha se estaba hablando cuando en Map City
decía Plaza de la Dignidad.
Ahí caché que bien merecidas tenía las puteadas que indirectamente me hacían los Marmotas, por
heteronormada, por burguesa, por desclasada y por aweoná. Porque me demoré un
año y una revolución en cachar a qué se referían con sus canciones.
Con eso en mente ahora, sólo pienso en cómo ayudar a que los
demás entiendan, y lo único cuerdo que se me ocurre es poner un disco de ellos a todo chancho, pero sé que ese no es el camino, es un disco “difícil”.
Respiro y me doy cuenta de que el mundo que hemos obligado a
vivir a más del 80% de la población es aún más difícil, y me siento una mina
culiá cantando Mazapán en la protesta.
No quiero ser esa, pero me da miedo
dejar todo botado y saltar a la primera línea y exponerme, y “no cuidar la
propia vida” como me dijeron una vez, porque ¿qué sentido tiene la propia vida
si te enseñaron que no puedes ser más que carne de cañón?
Y ahí se me prende la ampolleta y digo: ¿cómo podemos
asegurar que los que vienen no se sientan como pura carne de cañón, que cachen, por supuesto, que hay más?
Hay tanto más dentro
de sus corazones, de sus cuerpos, de sus mentes, de sus sueños. Tanto más que ni
siquiera puedo imaginar lo que se viene.
