martes, 4 de junio de 2019

Y resulta que me quiero




Siempre tuve una percepción extraña de mi cuerpo.  Siempre, además pensé que mi presencia molestaba.  Eso me llevó a tomar una serie de decisiones que me mantuvieran en el anonimato: usar talla 42 cuando era talla 36, comprarme solo zapatos cuyas suelas no sonaran en el piso, caminar sin taquear ni hacer ruido, evitar adornos en el pelo como cintillos y pinches, porque me quedaban “muy llamativos”.  Además, tenía requerimientos de otras personas, adultos familiares y amigos míos, que me pedían vestirme “de otra forma”.  Lo esperado era una especie de modelo de catálogo de Falabella o algún referente más ondero y chic.

En esa búsqueda de los demás por hacerse cargo de mi aspecto una amiga una vez me invitó por ahí a tomar una “diet coke” (eran los noventa) pero antes me ofreció cambiarme ropa y ponerme algo suyo.  Yo accedí y empezó la prueba de ropa.  En ese proceso ella notó que yo usaba 3 tallas más que la mía, y yo pude ver, frente al espejo que eso era así.
Desde esa fecha al día de hoy ha pasado harta agua bajo el puente: años de mucho ejercicio físico y luego años de pasar la noche completa trabajando frente al compu y comiendo pizza en la oficina.  Así las cosas, del gimnasio no se supo nunca más y subí 25 kilos.

Todo este tiempo de gordura me ha impedido reconocerme como yo debajo de toda la grasa, lo que no ha tenido el esperable correlato en alimentación sana y fin del sedentarismo.  A pesar de eso, aprendí algunas cosas básicas que me han mantenido de pie (respeto de este tema): 1- si no le gusta lo que ve, mire para otro lado; 2- aunque esté gorda igual estoy rica.

Hasta ahí todo bien, en su devenir habitual, hasta mi curso de Rocklesque: tres meses de entrenamiento frente a un gran espejo y frente a 9 mujeres en distintos colores, formas y tamaños que estaban, igual que yo, aprendiendo a mirarse y a mirar a las demás.
Más allá de la coreografía, de la música, de la ropa, me parece que lo importante del proceso fue el escoger.  Escoger la música, la ropa, la coreo… para mí.  Todo al servicio de lo que yo quiero mostrar, de cómo me quiero ver, de cómo quiero que me vean.
Me bajé, como nunca, de un escenario con la sensación de la tarea hecha, todo listo, sin deudas con nadie, fue lo que fue y me gustó. Me gusté.  Eso es, me gusté creo que por primera vez. Yo. Toda. Completa.

Pasar por eso, por gustarse luego de un show no es cosa del show, es cosa de todo el proceso previo, del acompañamiento, de los microcambios, de la responsabilidad individual y compartida. Compartida por esas otras mujeres por las que tienes que aperrar también, para que el conjunto sea una buena performance.  Influye por supuesto la profe que te guía, pero también quienes te reciben, con cariño, semanalmente en el bar de siempre luego de las clases (y más encima te van a ver al show).  Influyen también los amigos gritones instalados en el público, la gente que te da ideas, los que te desean que te vaya bien, las amigas que se interesan en hacer el curso, las que te preguntan cómo te fue y los que no pueden ir a verte porque no tienen cómo decirle a la polola que van a ver cómo una amiga se empelota en público.

Todo eso junto me ha hecho hacer una especie de up grade de mi autoestima.  Creo que por fin ya no soy un cerebro habitando un pedazo de carne prescindible y soy más bien un ser humano que desde que nace es al mismo tiempo mente y cuerpo.  Mi cuerpo no es un vehículo, soy yo, y parece que hoy me quiero más que ayer, y estoy segura de que me querré más mañana.