Siempre tuve una percepción extraña de mi cuerpo. Siempre, además pensé que mi presencia
molestaba. Eso me llevó a tomar una
serie de decisiones que me mantuvieran en el anonimato: usar talla 42 cuando
era talla 36, comprarme solo zapatos cuyas suelas no sonaran en el piso,
caminar sin taquear ni hacer ruido, evitar adornos en el pelo como cintillos y
pinches, porque me quedaban “muy llamativos”.
Además, tenía requerimientos de otras personas, adultos familiares y
amigos míos, que me pedían vestirme “de otra forma”. Lo esperado era una especie de modelo de
catálogo de Falabella o algún referente más ondero y chic.
En esa búsqueda de los demás por hacerse cargo de mi aspecto
una amiga una vez me invitó por ahí a tomar una “diet coke” (eran los noventa)
pero antes me ofreció cambiarme ropa y ponerme algo suyo. Yo accedí y empezó la prueba de ropa. En ese proceso ella notó que yo usaba 3
tallas más que la mía, y yo pude ver, frente al espejo que eso era así.
Desde esa fecha al día de hoy ha pasado harta agua bajo el
puente: años de mucho ejercicio físico y luego años de pasar la noche completa trabajando
frente al compu y comiendo pizza en la oficina.
Así las cosas, del gimnasio no se supo nunca más y subí 25 kilos.
Todo este tiempo de gordura me ha impedido reconocerme como
yo debajo de toda la grasa, lo que no ha tenido el esperable correlato en
alimentación sana y fin del sedentarismo.
A pesar de eso, aprendí algunas cosas básicas que me han mantenido de
pie (respeto de este tema): 1- si no le gusta lo que ve, mire para otro lado;
2- aunque esté gorda igual estoy rica.
Hasta ahí todo bien, en su devenir habitual, hasta mi curso
de Rocklesque: tres meses de entrenamiento frente a un gran espejo y frente a 9
mujeres en distintos colores, formas y tamaños que estaban, igual que yo,
aprendiendo a mirarse y a mirar a las demás.
Más allá de la coreografía, de la música, de la ropa, me
parece que lo importante del proceso fue el escoger. Escoger la música, la ropa, la coreo… para
mí. Todo al servicio de lo que yo quiero
mostrar, de cómo me quiero ver, de cómo quiero que me vean.
Me bajé, como nunca, de un escenario con la sensación de la
tarea hecha, todo listo, sin deudas con nadie, fue lo que fue y me gustó. Me gusté. Eso es, me gusté creo que por primera vez.
Yo. Toda. Completa.
Pasar por eso, por gustarse luego de un show no es cosa del
show, es cosa de todo el proceso previo, del acompañamiento, de los
microcambios, de la responsabilidad individual y compartida. Compartida por
esas otras mujeres por las que tienes que aperrar también, para que el conjunto
sea una buena performance. Influye por
supuesto la profe que te guía, pero también quienes te reciben, con cariño, semanalmente
en el bar de siempre luego de las clases (y más encima te van a ver al
show). Influyen también los amigos
gritones instalados en el público, la gente que te da ideas, los que te desean
que te vaya bien, las amigas que se interesan en hacer el curso, las que te
preguntan cómo te fue y los que no pueden ir a verte porque no tienen cómo
decirle a la polola que van a ver cómo una amiga se empelota en público.
Todo eso junto me ha hecho hacer una especie de up grade de
mi autoestima. Creo que por fin ya no
soy un cerebro habitando un pedazo de carne prescindible y soy más bien un ser
humano que desde que nace es al mismo tiempo mente y cuerpo. Mi cuerpo no es un vehículo, soy yo, y parece
que hoy me quiero más que ayer, y estoy segura de que me querré más mañana.
