En el camino de auto conocimiento y exploración que cada uno lleva
encima y que yo también recorro, hay dos cuestiones que han agarrado fuerza
este último tiempo: por una parte, poner límites y por otra hacer lo que yo
quiero.
Con estos dos titulares me refiero a procesos simples en su mecanismo,
pero complejos en su definición e implementación.
En relación a los límites, la tarea ha sido ardua. Definir cuáles
son mis umbrales de tolerancia, por ejemplo, implica ponerme atención en
distintas situaciones y no parar de preguntarme frente a cada estímulo qué es
lo que se genera en mí ¿bienestar? ¿incomodidad? Cuando está todo bien el
asunto es simple, pero cuando algo empieza a incomodarme hay que empezar a
darle forma, a aislarlo y a mensurarlo. ¿Cuánto me molesta? ¿Qué me
molesta? ¿Por qué podría ser esto así? ¿Es algo superficial o profundo? ¿Cuánto
más podría aguantar? ¿Por qué invertir en aguantar más esta situación?
Con estas cosas más claras me resulta posible asumir ciertas
definiciones (no permanentes, por cierto) respecto de "hasta dónde
permitir una avanzada <en mi contra>" claro está, no son cuestiones
en contra de mi ser, sino en contra de mi comodidad, alegría, bienestar,
principios o lo que sea que me esté afectando. Esto no siempre implica el
despliegue de un acto de censura o control, sino la definición de un escenario
en el que esa censura o control se activarían, a veces sólo con tener certeza
sobre eso uno expele una suerte de feromonas de los límites, uno va por ahí
echando un perfumito con olor a "atención, hasta aquí no más".
Otras veces hay que convertir en acto esa potencia y levantar los carteles de
"Go home" cuando las alarmas ya se han disparado.
Me cuesta eso de los letreros cuando se trata de defender un espacio en
el que estoy sola, soy más colectiva para estas cosas, es decir, si hubiera que
defender un espacio "nuestro", no sólo mío, me sentiría más
empoderada. Al final siempre temo estar poniéndole mucho color. Con
todo, lo de los límites ya está en curso, y me siento bien de desplegar
perfumes o carteles para preservar eso que valoro y que me hace sentir bien.
En relación a hacer lo que quiero el camino no es más fácil. Fui
entrenada para hacer lo que tengo que hacer y eso, como no, bloqueó mi
capacidad de identificar lo que quiero. Por suerte no se me atrofió la
capacidad de reconstruirme, y desde las cenizas pude rescatar un concho de
predilección por ciertas cosas. Ese poquito se pudo despercudir y empezar
a trabajar, de a poco. Si bien identificar lo que me está haciendo mal no
fue fácil tampoco lo fue identificar lo que me estaba haciendo bien.
Nuevamente me armé de un batallón de preguntas ¿Qué es específicamente
lo que me gusta? ¿Por qué me gusta? ¿Me hace, efectivamente, bien? ¿Me gusta
mucho o me gusta poco (no se rían en esta parte, es una pregunta en serio)?
Abordados estos temas viene la parte dura, superar la reflexión y pasar
a la acción: ir por lo que quiero. Esto nuevamente no es fácil, tiene
matices, estilos y niveles de efectividad. ¿Cómo quiero hacerme de lo que
quiero? ¿Vale la pena el costo en el que incurriré? ¿Cuánto quiero esperar para
conseguirlo? ¿Y si no lo consigo? ¿Me quiero arriesgar?
Con todo esto revisado y andando sólo me queda anunciar una nueva forma
de instalarme en el mundo, una en la que me siento más a gusto, más en mi piel,
más expectante de buenas cosas y más dispuesta a compartir mis dones
genuinamente. Buen pie para un nuevo comienzo.
