martes, 3 de octubre de 2017

Esa ternura escondida




Hace algún tiempo, mucho quizás, tengo una concepción de mí en la que soy una mujer fuerte, alejada de los afectos, dura, a veces demasiado dura, racional, seca, un encanto, podrán pensar…

Resulta que, con el paso de los años y las terapias, he ido reconociendo que el contexto es distinto a mi contexto de niña, que ya no necesito estar en guardia porque no hay amenazas reales alrededor.  Esto ha ido bajando mi guardia, he aprendido que las conductas adaptativas desarrolladas en cierta parte de mi vida no son pertinentes a medida que la situación externa va cambiando.  Me he flexibilizado y he reconsiderado la dureza.

Ahora, por ejemplo, puedo responder “gracias” cuando alguien me dice “feliz cumpleaños” y agradezco un buen abrazo, un cariño en la espalda y esas manos energéticas, cargadas de calor que de repente uno se topa por ahí.

Además, me he topado con un par de especímenes masculinos que reaccionaron bien a mis mimos.  Es más, uno me pidió que lo trate con cariño porque era sensible y romántico. 

Debo reconocer que cuando oí eso de romántico pensé en huir o reírme, pero recapacité y acepte la declaración respeto de su autopercepción.

Este hombre romántico me hizo “volverme” mamona, mañosa, regalona, tierna.  No he llegado a ser dócil, no creo que pueda llegar ahí, pero sí he avanzado hacia la expresión del cariño.

Junto con mi sorpresa por descubrir tamaña cantidad de rosado dentro mío fue el descubrir cómo ciertas amigas me confesaron que siempre me encontraron cariñosa, casi tierna, niñita y rosada.

Más allá de si soy rosada o no, me sorprende la distancia entre la autopercepción y la percepción externa.  Me sorprende mi porfía en pensarme de cierta forma, mi insistencia en ser dura, como la niña del chiste, que dice con voz de hombre “quién ta gopando a petaaa”.

Resulta que soy niñita… Y yo que me creía la rubia de locademia de policía.